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ISSN 1989-4163

NUMERO 07 - NOVIEMBRE 2009

 

Las Señoras

Luís Amézaga

Las mujeres siempre van cargadas; y si no, se cargan por el camino. Acarrean, empujan, trasladan, embisten. Llevan la casa a cuestas aunque sea para ir a dar un paseo o resolver un trámite administrativo. Ellas no son ellas sin bolsas, bolsos, carros, mochilas, lo que sea. El caso es practicar una trashumancia olvidada, un nomadismo fiel. Nosotros nos sentamos en un banco y teorizamos sobre la vida, bebemos y teorizamos sobre la vida, trabajamos y teorizamos sobre la vida. Ellas son la vida: afanosas, ligeras, móviles, habladoras pero sin teorías ni abstracciones que no rindan objetivos. Ellas marcan el tiempo de la brega y el tiempo del amor. Ellas marcan los ritmos con una naturalidad que las hace salvajes. Se cambian de ropa, se embadurnan con pinturas de guerra, nos despejan la cara con una ola de pelo. Sabemos que la misma mujer que por la mañana parecía una hormiga obrera, se ha transformado en reina y piensa copularnos por los pies si fuera necesario. Y uno no termina de comprender tanta exuberancia; no me extraña que en esos cuerpos se den cabida a otros cuerpos, como si estuvieran sobradas de vida, capaces de desdoblarse, de dar continuidad a un invento que exige mucho gasto de energía, incluso para un planeta obeso. Nosotros miramos y seguimos haciendo retórica, mientras ellas renuevan el aire; lo irisan, cambian el agua, la refrescan, pisan la tierra, la afianzan, y queman de pasión cuando uno ya está cansado de vivir. Ellas luego duermen con intensidad para seguir su aventura, y nosotros resbalamos hacia el insomnio, mirándolas, intentando desentrañar su misterio, su sustancia dopante. Nos necesitan para que hagamos de resistencia a su inagotable fortaleza, para inventarles mentiras que las relajen, para tener una excusa para hablar aunque sepan que no escuchamos, que estamos especulando en voz baja. Estamos aquí para romper lo que ellas construyen. Vuelven a empezar ante nuestro desconcierto fatalista. Somos niños resabiados que utilizan grandes conceptos que de nada les sirven. Pero son capaces de enamorarse de lo inútil. Por eso nos mantienen a su lado. Es curioso. 

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Naia del Castillo

 

 

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